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LOS HUMEDALES, UN PAISAJE CULTURAL
El paisaje de los humedales es a menudo un verdadero paisaje cultural, que refleja las estrechas relaciones existentes entre los seres humanos y los humedales durante milenios
Desde épocas prehistóricas, muchos centenares de generaciones de seres humanos se han asentado en humedales o en sus proximidades, transformándolos a menudo en paisajes culturales en los que se conjugan de manera singular elementos naturales y antropogénicos. Estos paisajes son un registro vivo de la ocupación por los seres humanos y representan un valiosísimo patrimonio cultural e histórico.
El cultivo del arroz, por ejemplo, ha creado un paisaje característico de muchas partes del mundo. Originado en China hace 6.000 años y difundido a continuación en toda Asia, el Cultivo del arroz anunció el inicio de una modificación a gran escala de los humedales por los seres humanos.
Los arrozales, que hoy días existen en otras muchas partes del mundo, son ecosistemas agrícolas sumamente productivos y han hacho una aportación fundamental al desarrollo de las sociedades asiáticas. En Binong, en la isla de Java, los indonesios llevan cultivando arroz desde hace miles de años; el cultivo de este cereal, conjugado con la cría de peces, ha producido una explotación integrada de los humedales denominada manipadi, que provee a las familias de una importante fuente de proteínas animales y de hidratos de carbono, al tiempo que crea un entorno de humedal especializado.
Las terrazas de arroceras de las Cordilleras filipinas, que se ajustan al contorno natural de las laderas de las montañas, son otro ejemplo notable de un paisaje vivo, cultural, en el que generaciones de campesinos han mantenido las terrazas durante más de 2.000 años, creando un paisaje cultural de tal belleza que en 1995 la zona fue declarada Sitio del Patrimonio Mundial.
En los humedales de agua dulce de la cuenca mediterránea, hace siglos que se cultiva arroz, que constituye el alimento fundamental de un porcentaje importante de sus habitantes y ha creado una cultura culinaria especializada en esas regiones.
Los humedales costeros, e incluso algunos de tierras adentro, han proporcionado sal a los seres humanos durante miles de años y se han concebido muy diversas técnicas de extracción adaptadas a las situaciones locales.
Por su importancia vital en la elaboración de alimentos, como agente de conservación y para obtener varios productos químicos, la sal ha tenido gran importancia económica para las comunidades de los humedales a lo largo de la historia. Los pantanos salinos de Uyuni, Bolivia, y el desierto de Atacama, Chile, son notables paisajes culturales modificados por generaciones que han extraído sal de ellos.
En las zonas costeras, mas asimismo muy tierra adentro, se extrae la sal evaporando el agua que tiene un elevado contenido de sal, en un proceso en el que se reflejan los “cuatro elementos esenciales”: el agua que proporciona la sal; el suelo para construir vallas y presas; el aire que contribuye a la evaporación y hace girar los molinos que bombean el agua y, por último, el calor del sol.
Así sucede en los llanos salinos de Petatlán, Estado de Guerrero, México; en los esteros del sitio Ramsar de Guérande, Francia, y en las numerosas salinas existentes en torno al Mediterráneo, muchas de las cuales fueron explotadas por vez primera por los romanos.
En los estuarios, el contacto entre el agua dulce procedente del río y el agua marina da lugar a un nivel elevado de elementos nutritivos necesarios para la reproducción natural y la cría de camarones, gambas y otros crustáceos y de mariscos y peces y, más recientemente, para actividades de cultivo acuático ribereño que no siempre pueden ser sostenibles.
En muchas partes del mundo hay ejemplos de paisajes de humedales que los pescadores y recogedores de alimentos procedentes del mar han creado con sus trampas de pesca y plataformas, desde las rías de Galicia, España, y los estuarios del Salúm en Egipto y el delta del río Saloum en Senegal a la bahía de Manila en Filipinas. Estas estructuras construidas por el ser humano constituyen paisajes culturales singulares.
De modo similar, en las zonas áridas del mundo, la necesidad de los seres humanos de explotar el agua ha creado a menudo fascinantes paisajes culturales gracias a la aplicación de antiguas prácticas de aprovechamiento de los recursos hídricos.
En Argelia, el oasis de Uled Said, recientemente designado sitio Ramsar, es mantenido por los residentes de la comunidad del oasis gracias a la construcción de una fugara, una red artificial de distribución del agua. Este ingenioso método comunica las fuentes de agua subterráneas y distribuye, conforme a un mecanismo social tradicional, los recursos hídricos mediante un sistema complejo de pequeñas acequias a las familias que cultivan palmeras, cereales, vegetales y verduras en el oasis.
Se cree que las fugaras, todavía en uso hoy día en Irán, Irak y Marruecos, además de en Argelia, se originaron en Persia y que fueron implantadas en el Magreb en el curso de la conquista árabe, en el siglo VII.
El paisaje de los humedales es a menudo un verdadero paisaje cultural, que refleja las estrechas relaciones existentes entre los seres humanos y los humedales durante milenios. Normalmente, esos paisajes transmiten ese sentimiento intangible de pertenencia a un lugar, tan importante para las personas, tanto si viven y trabajan en un humedal como si no lo hacen, y constituyen un elemento importantísimo del patrimonio cultural de un país.
El reconocimiento cada vez mayor de este patrimonio se ve, en los planos nacional, regional e internacional, por ejemplo, en la concepción de estrategias y normas por varios países para conservar los paisajes culturales, la adopción de la Convención Europeo sobre el Paisaje (Convención de Florencia) por el Consejo de Europa en julio de 2000 y las actuaciones de los últimos años en aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial para que se reconozcan en mayor medida los paisajes culturales (véase “La Convención del Patrimonio Mundial, los paisajes culturales de los humedales”).



